miércoles, 14 de diciembre de 2011

Recobrar el optimismo

Usted continúa con su reflexión acerca de la medicina, la enfermedad y, esta vez, la felicidad y la salud. Y, como en cada ocasión, insiste en la importancia de abordar estos temas de una manera transdisciplinar.

Me parece indispensable. En efecto, nuestra manera de representar la realidad, nuestra forma de pensar el mundo, está influenciada, de manera errónea, por un postulado filosófico que pone al ser humano fuera y por encima de la naturaleza, que se percibe como peligrosa. Como resultado de ello desarrollamos una ciencia analítica que busca comprender la naturaleza en sus más mínimos detalles, con el fin de transformarla, dominarla e influir en ella. Nuestra sociedad moderna se ha construido sobre el postulado de que somos todopoderosos.

Innovamos, producimos y consumimos para protegernos, sin darnos cuenta de que a fuerza de interesarnos en los detalles nos perdemos la visión conjunta; estamos como desconectados de la realidad, nos volvemos más y más frágiles. Todas las crisis que se perfilan en el horizonte de nuestra civilización nace de una patente falta de consciencia sobre los vínculos que existen entre los diferentes elementos de nuestro análisis. Nos falta humildad.

¿Es por ese motivo por el que usted habla de desafío en el título de su última obra?

Pensar de manera global es, efectivamente, un desafío para nuestros cerebros modernos. Sin embargo, me refiero a un desafío más importante, que he calificado de “positivo”.

¿Realmente tenemos tanta propensión a la negatividad?

Tenemos, efectivamente, una tendencia natural a interesarnos por lo negativo antes de reparar en lo positivo. Es algo inherente a nuestro instinto de supervivencia. Parece importante poder anticiparse a lo que podría ponernos en peligro. Por eso sentimos, principalmente, emociones negativas, que prefiero calificar de “desagradables” (por ejemplo, el miedo, la ansiedad o la rabia). Nuestro sistema nervioso simpático hace que nos tensionemos para actuar; entonces, nuestro cuerpo produce lo que llamamos una reacción de estrés, que en sí es algo bueno, pues permite la adaptación. Ahora bien, si nos quedamos sumidos en los pensamientos negativos y en las emociones desagradables, vivimos un estrés crónico que nos agota, nos fragiliza y, finalmente, nos predispone a padecer toda una serie de patologías.

De modo que es importante poder relativizar, conectarnos con la realidad del momento presente para gestionar las ideas positivas y, así, las emociones más agradables como la alegría, que vienen acompañadas de reacciones de distensión que propician la regeneración y la reparación del cuerpo. Sin contar con que estas emociones agradables activan nuestra imaginación y nos ayudan a encontrar soluciones a las situaciones difíciles. Al hacernos más simpáticos, nos permiten tejer vínculos sociales que, en situaciones de adversidad, son recursos muy valiosos.

En la búsqueda de la felicidad, usted preconiza otorgarle al placer un espacio importante. Esto parece contradecir el contexto en el que nos encontramos, rodeados de fuentes de placer y, sin embargo, eternamente insatisfechos.

No soy yo quien preconiza el placer. Son las encuestas que dirigen los investigadores en psicología positiva y que revelan que el placer es una de la grandes fuentes de felicidad para la mayoría de nosotros. La necesidad de placer es fundamental. Sin placer no encontramos motivación. Notemos que los actos vitales –comer, reproducirse, reforzar los vínculos– son los que más placer producen. El problema viene del fenómeno que llamamos “adaptación hedonista”. Nos adaptamos a todo, a lo bueno y lo malo. Por ello, la trampa está en querer siempre más, sobre todo en una sociedad como la nuestra, que asocia la felicidad al consumo de bienes materiales. Podemos salir de la trampa aprendiendo a saborear el placer. Esto requiere ir más despacio para tomarse el tiempo de disfrutar, de reconocer la felicidad y, sobre todo, para no saturarse. Hay que simplificar. No se trata de negar la importancia del placer, sino de darle un sentido.

La búsqueda de sentido parece ser uno de los caminos que llevan a la felicidad, ¿no es así?

En efecto. La necesidad de sentido es al menos tan fundamental como la necesidad de placer. Sin significado ni dirección, la existencia nos parece absurda, no podríamos sobrevivir. Las encuestas muestran que la búsqueda de sentido pasa, sobre todo, por los vínculos que establecemos con los demás. Esto supone un reto para las sociedades modernas, donde la capacidad de crear lazos se ha empobrecido. Crear lazos no se reduce a enviar emails. Hay, además, que aprender a conocerse y a conocer al otro, desarrollar empatía y crear una distancia íntima que respecte a las dos personas.

Sin embargo, las encuestas revelan también que la búsqueda de sentido depende de los valores de cada uno y, sobre todo, de la manifestación de esos valores a través de nuestros actos. De modo que parece indispensable crear un espacio interior para aumentar el nivel de consciencia. Descubriremos entonces que detentamos un potencial eminentemente positivo, constituido de fuerza y de virtudes, rasgos sobre los cuales los filósofos vienen hablando desde el principio de los tiempos. Este potencial fue objeto, en 2005, de una clasificación extremadamente matizada y completa. La apuesta es actualizar este potencial dejándonos inspirar por lo que Aristóteles llamaba eudaimonía –o plenitud de ser–, y que entendía como el ejercicio virtuoso de lo específicamente humano.

Su visión es casi espiritual…

Sí. En latín, la palabra spiritus significa “el soplo” que une y anima todas las cosas, lo que yo podría definir como los lazos que existen entre todas las cosas. Más allá de los conceptos religiosos, la espiritualidad puede considerarse como la ciencia que permite la comprensión de esos lazos. Desde ese punto de vista, “reespiritualizar” nuestro mundo significaría tomar consciencia de los vínculos. Y creo que tenemos la profunda necesidad de hacerlo.

Fuente: Yahoo Tendencias

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